Quiero compartirlo en mis redes:
Share on Facebook
Facebook
Share on LinkedIn
Linkedin
Tweet about this on Twitter
Twitter
Pin on Pinterest
Pinterest
Email this to someone
email
Jair Villacrez

En Perú, no existe una ley que haga valer los derechos de las personas trans. Tres miembros de esta comunidad, migrantes venezolanos, tratan de resolver sus vidas en el país al que se desplazaron con el fin de encontrar la libertad que en su tierra de origen no tenían.

La emoción que sintió aquel 17 de mayo de 2012 era tremenda. No solo había logrado lo que siempre quiso, sino que era la pionera en su país: Johana Batista se convertía en la primera mujer trans en realizar su reasignación de sexo en Venezuela. La prensa nacional tenía los ojos puestos en Maturín, Monagas, donde ocurrió el hecho. Johana quería contárselo a todo el mundo y convertirse en la esperanza de muchas personas como ella. Hoy, nueve años después de aquel momento, Johana prefiere no revelar quién es. Ahora vive en Lima, ciudad a la que migró tras la crisis humanitaria de su país, y siente que, en esta ciudad, hay muchos prejuicios hacia las personas trans. Si antes mostrarse a sí misma era motivo de orgullo, ahora, a sus 49 años, quiere ocultarlo.

Así como Johana, son cerca de 350 mil las personas trans de nacionalidad venezolana que dejaron su país en los últimos años, según la ONG chilena Migración Diversa. Todas ellas forman parte de los más de 5 millones de ciudadanos venezolanos que migraron, de acuerdo con la Agencia de Migración de las Naciones Unidas (ACNUR).

Aunque en Perú no hay cifras exactas sobre la población venezolana migrante y refugiada que pertenezcan a la comunidad LGBTIQ+, vivir en este país puede significar una barrera adicional para el desarrollo personal, revela el estudio Salir de casa para volver al clóset, publicado en noviembre de 2020 por la organización Presente y la Organización Internacional para la Migración (OIM). Esto, debido a que en el país aún hay brechas importantes sobre protección legislativa y acceso a derechos. Incluso, todavía no hay normativa para sancionar los crímenes de odio, aprobar el matrimonio igualitario y respetar la identidad de género.

Sin embargo, Johana no sabía sobre eso cuando se animó a venir a Lima, en 2018. Había estado un año y medio viviendo y trabajando como estilista en Boa Vista, Brasil, pero decidió salir de ahí porque los ingresos eran bajos. «Entonces vi la oportunidad aquí porque ganaba más sueldo y era más valorada», señala. Y había una motivación adicional para migrar: un peruano, a quien conoció por internet, le había invitado a venir en reiteradas ocasiones.

Johana Batista es una mujer transexual. Se sometió a una cirugía de reasignación de sexo en mayo de 2012, en su natal Venezuela. / Créditos: Jair Villacrez.

Con la ilusión de encontrarse con él, viajó varios días por tierra, ingresando por el sur peruano hasta llegar a la capital. Lamentablemente, cuando llegó, él no se apareció. «La sorpresa fue sorpresa», cuenta entre risas.

Pese a ello, Johana decidió quedarse en el país. Como había venido con su mejor amiga, Sandy Bauza, se sentía acompañada. Empezaron a buscar trabajo juntas, ambas eran estilistas. Así que recorrieron las calles de Comas —distrito al norte de Lima en el que viven hasta ahora— buscando peluquerías y salones de belleza.

Pero a los lugares a los que iban no aceptaban contratarlas juntas. Johana dice que una vez le explicaron que se debía al hecho de que algunos empleadores peruanos habían tenido malas experiencias con trabajadores venezolanos, por lo que preferían no arriesgarse con las dos. Más que su identidad de género, el primer prejuicio que enfrentaron fue su nacionalidad.

Aun así, persistieron y, tras quince días de búsqueda, lograron encontrar empleo, por separado y en diferentes lugares. Estaban contentas porque era un tiempo récord, considerando lo difícil que resulta para una persona migrante hallar empleo. De pronto, Johana empezó a advertir otro detalle: los prejuicios contra la comunidad LGBTIQ+. «Me di cuenta de que la sociedad peruana era más cerrada», comenta. Había situaciones, gestos, ademanes y palabras que percibió y que la hicieron notar que había estigmas hacia las mujeres trans.

Pero su temor incrementó con la ola de feminicidios y crímenes de odio en Perú, que se dieron precisamente el mismo año en que llegó. De hecho, de acuerdo con el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP), en 2018 se reportaron 149 casos de feminicidios en el país, la cifra más alta que se registraba desde el 2009, cuando hubo 139 casos. «Me daba pánico ver las noticias, lo que ocurría con las mujeres. Es más, no quería que ningún peruano me tocara. Me sentía muy asustada», comenta.

Confiesa que aún siente ese temor, sobre todo ante el supuesto escenario de que sepan que es una mujer trans. Por eso, Johana prefiere ocultarlo. No solo teme que le hagan daño, sino que sea rechazada. «Me avergüenza decir que soy transexual. Temo eso, que la gente sepa quién soy. Me da miedo al rechazo», dice un poco atemorizada.

Johana llegó a Perú en 2018, tras dejar Brasil, en busca de mejores oportunidades laborales. / Créditos: Jair Villacrez.

Por eso, no suele explicar a nadie quién es, se muestra muy segura como la mujer que es. «De mi apariencia no se dan cuenta, yo soy una señora. A veces al hablar, por mi voz un poco diferente, me miran, pero normalmente me ven como una señora. No se dan cuenta de que soy transgénero. Yo me siento tan femenina que no debo dar explicaciones, salvo que sean gays y pregunten por curiosidad. He tenido que ocultarme aquí, porque en Venezuela todos me conocían», afirma lamentándose.

A sus 49 años, Johana ha vuelto a sentir el mismo temor que cuando tenía 12 años, edad en la que empezó a cuestionarse sobre su identidad de género y en la que quería salir del clóset. Y esta vez está a más de 4700 kilómetros de su ciudad natal, sin una familia que la apoye en su decisión.

La «lotería de la discriminación»

Marko Ordaz, un caraqueño trans de 27 años, llegó a Perú casi por casualidad. En 2019, un amigo suyo le pidió que viajara a Lima acompañando a su esposa e hijo. Le ofreció pagarle el pasaje y un lugar para dormir. Aceptó.

Dejó su familia, trabajo y universidad, donde había estado estudiando cine —su segunda carrera, tras concluir publicidad y mercadeo—. Llegó con la ilusión de una vida mejor. Pero, en cuanto intentó empezarla, se dio cuenta de que siempre tendría que enfrentar un triple estigma: ser pobre, ser venezolano y ser hombre trans. «Bueno, pues, te ganaste la lotería de la discriminación», se dice a sí mismo resignado.

Aunque Marko ha intentado trabajar en su especialidad, como publicista o diseñador, no ha logrado encontrar alguna empresa que lo contrate, a pesar de tener todos sus papeles en regla. ¿La razón? Su apariencia masculina. Las personas no terminan por verle como un hombre, sino como una «mujer ahombrada».

Marco, un caraqueño trans, llegó a Lima casi por casualidad, luego de que un amigo suyo le pidiera ir a la capital peruana acompañando a su esposa. / Créditos: Jair Villacrez.

Como no ha tenido suerte encontrando empleos en su campo profesional, ha postulado a otros puestos relacionados con servicios y atención al cliente: bares, cafeterías y restaurantes. Sin embargo, en varias oportunidades, le han rebotado su CV. Y en otras ocasiones, cuando logró pasar ese filtro, ha sido rechazado justo después de llegar a la entrevista. Algunas veces, le han dicho de manera expresa que el motivo por el que no le pueden contratar es su apariencia. «En un restaurante, una señora dijo: “Por su imagen, no podemos dejar que trabaje aquí”. Y yo había ido decente: con camisa, zapatos, pantalón; no era muy distinta del resto ahí», cuenta.

También hubo una circunstancia en que le dijeron que tal vez ese no era el tipo de trabajo para él. «Eso me lo han dicho un montón de veces. Ya no sé cuál es mi lugar definitivamente. Parece que no hay empresa donde yo encaje. Tengo que ser femenina o tengo que operarme por completo para parecer exactamente un hombre, como ellos quieren», expresa molesto. Marko tiene apariencia masculina, pero aún no ha iniciado el proceso de reasignación de sexo.

De hecho, según la II Encuesta Nacional de Derechos Humanos: Población LGBT, publicada en 2020 por el Ministerio de Justicia del Perú (Minjus) e Ipsos Perú, un 37% de peruanos no contrataría a una persona trans (transexual, transgénero o travesti). Asimismo, un 30% no lo haría si se tratara de una persona homosexual. Cabe señalar que este estudio solo se basa en la orientación sexual, identidad de género y expresión de género, mas no en la nacionalidad o procedencia de la persona.

La directora ejecutiva de la ONG Presente, Pía Bravo, señala que, en Perú, hay un gran problema con las políticas internas de real inclusión, pues no existe una ley que proteja a las personas de la comunidad LGBTIQ+ en las empresas. Cree que falta diseñar un plan de acción y cultura organizacional en torno a estos temas.

Bravo precisa que el tema es más complejo cuando se trata de personas trans. «Para estas personas es difícil siquiera que las dejen entrar a una entrevista. Solo el hecho de pedirles su DNI puede ser un motivo para no dejarlas ingresar», detalla.

De acuerdo con Karenina Álvarez, presidenta de la organización peruana Familias Homoparentales, las empresas peruanas y las organizaciones estatales no siempre tienen el tiempo para diseñar una política de inclusión y diversidad. Inclusive, las pequeñas y medianas empresas —que son el mayor porcentaje en Perú— no cuentan con el presupuesto para hacerlo.

Para Álvarez, «se necesita mucha voluntad y disposición» que permitan realizar estas políticas en favor de la comunidad LGBTIQ+. Indica, además, que la tasa de empleabilidad de las personas LGBTQ+ es solo del 36%, mientras que solo de las personas trans es de 4%.

Pero, en el caso de las personas trans venezolanas, también está el estigma de su nacionalidad o procedencia que deben enfrentar. Según la 2da. Encuesta Regional: Migrantes y Refugiados Venezolanos, publicada a fines del año pasado por la organización Equilibrium CenDE, un 64% de personas venezolanas han sido víctimas de algún episodio de discriminación en el país receptor por su nacionalidad. Esto aplica para Colombia, Ecuador, Chile y Perú, países que presentan las mayores cifras de migrantes y refugiados venezolanos en América Latina y el mundo.

Sin buscar victimizarse, Marko cuenta lo difícil que ha sido para él tener que lidiar con los prejuicios que hay en Perú, más que por el hecho de ser hombre trans que por ser migrante venezolano. Aunque es consciente de que la sociedad latinoamericana en general tiene todavía estos prejuicios hacia la comunidad trans, siente que en territorio peruano le tratan peor que en Venezuela. Inclusive, cuando va a comprar, muchas veces no le quieren atender o vender ropa.

Ya en Lima, Marco conoció a Lucía, una joven peruana con la que inició una relación. / Créditos: Jair Villacrez.

Marko dice que es consciente de que la sociedad peruana es muy discriminatoria. A pesar de ello, dice que ha tenido que asimilar el tema de la xenofobia, pero lo que aún le resulta inconcebible es la transfobia. Señala que eso afecta su relación con Lucía, una joven madre peruana con quien ya lleva dos años de relación.

Lo que, aparentemente, sería una «bonita historia de amor», al estilo de Hotel Transilvania —bromea—, fue el inicio de una serie de desdichas, pues la familia de su pareja no la aceptó desde el inicio. Inclusive, tuvo que enfrentar el hecho de que su enamorada fuera echada de su casa, a causa de la relación que tenía.

Y a eso se suma el hostigamiento que ambos han sufrido con el fin de obligarles a terminar. «Eso [la transfobia] afecta directamente mi relación y el núcleo familiar de Lucía. A ella la juzgan por estar conmigo, porque soy un “hombre sin genes”. Y nos ha afectado sobre todo al momento de buscar empleo, solo por no tener todo lo que tiene un hombre».

A Marko le resulta extraña la discriminación que se da en Perú por parte de la propia familia. Él ha recibido amenazas de la familia de su pareja para que termine con ella. «Me han hecho un desorden afuera de mi trabajo. Han esperado que yo llegue para formarme un ‘problemón’, porque ellos necesitaban que yo me separara de su hija, sino iban a mandar una queja a Migraciones para que me deporten», cuenta resignado.

Marko trata de contener sus emociones —con algo de impotencia— por cada episodio de discriminación que ha experimentado. Aun así, sonríe, siempre está alegre, o le pone una cuota de humor a su relato para hacer más llevadero el dolor. Cuenta que la relación con el bebé de su pareja es muy buena y lo quiere como si fuera su propio hijo.

Sin embargo, nunca le ha pedido al niño que lo vea como una figura paterna. «Dice que soy su mejor amigo, que él es Bob Esponja y yo, Patricio. Es un niñito recontra pegado a mí. […] Él no me ve como un chico trans. Es más, ni en cuestión de colores, identifica por género, y no porque se le haya enseñado, sino que simplemente ha explorado y ha llegado a conocer eso. Le gusta el rojo y el azul, y también tiene una colchita de Hello Kitty, pero no dice: “Eso es de niña”, sino que él ve un gato».

Marko y Lucía llevan cerca de dos años viviendo juntos, pero recién llevan pocos meses viviendo con el pequeño. Para lograr tenerlo con ellos, tuvieron que pasar por toda una odisea: meses sin ver al niño y, luego, conciliaciones.

«Había meses en que a Lucía no le dejaban ver al niño. Íbamos de compras para llevarle comida, pero la familia de Lucía no nos dejaban verlo. No aceptaban las cosas porque no querían que tuviéramos contacto con el niño. Creían que lo íbamos a volver ‘maricón’. Nada más con mi presencia, creían que al niño le iba a salir arcoíris por los ojos. Para mí era frustrante», cuenta. Para llegar a esta conciliación, recibieron apoyo y asesoría de  la activista y candidata al Congreso Gahela Cari, así como varios colectivos trans.

Emprender para ser libre

Sandy Bauza, la amiga de Johana, es también venezolana. A sus 50 años, también vivió en Brasil, pero decidió dejar el país por la falta de trabajo y tampoco se acostumbraba con el clima, hacía mucho calor. Cuando Johana le propone venir a Lima con ella, no lo dudó, pues ya había escuchado que en Perú había oportunidades para los migrantes.

Pero grande fue su sorpresa cuando advirtió que la sociedad peruana era transfóbica. «Nunca imaginé que era un poco fuerte para las mujeres trans. De haberlo sabido, yo no me venía para acá. Esto aquí es terrible. Por suerte, he encontrado también personas buenas que me han ayudado», expresa.

Sandy, quien también es estilista, dice que no ha tenido episodios graves de discriminación, pero sí hay un par de escenas fuertes que recuerda. La primera fue en una peluquería, cuando estaba por cortarle el cabello a un niño. En cuanto el padre del pequeño se dio cuenta de que ella era una mujer trans, tomó al niño de la mano, le quitó la funda que tenía puesta y dijo: «Nos vamos». Sandy se quedó impactada.

Sandy es una mujer transgénero que llegó al Perú motivada por su amiga Joana. En Lima, abrió su propio negocio: una peluquería en la sala de su casa. / Créditos: Jair Villacrez.

Otra situación incómoda fue en el banco. Estaba en la fila esperando su turno, cuando de pronto, la persona que la atendería la llama para que se acercara y le pide su identificación. Tuvo que mostrar, entonces, su pasaporte, donde aún figura con el nombre que le asignaron al nacer. La persona de ventanilla no se había dado cuenta de que se trataba de una mujer trans hasta ese momento.

Sandy siente que aquella persona la trató mal. «Yo estaba súper nerviosa de que dijera mi nombre en voz alta, con toda la gente ahí escuchando. Ella se dio cuenta de quién yo era solo por el nombre, porque con la mascarilla yo me veo como una mujer», dice. Pese a que en Venezuela ya se podía hacer el cambio legal del nombre, Sandy no llegó a hacerlo porque no contaba con los recursos. Pero, además de su identidad de género, ella siente que el trato descortés fue también por su marcado acento venezolano.

Sandy decidió no someterse a una cirugía de reasignación de sexo por temor a las complicaciones y efectos secundarios, pero está segura de que es una mujer. Tiene el cabello largo, pechos grandes, curvas definidas y los labios estilizados. Usa maquillaje para ocultar algunas facciones que pudieran ponerla en evidencia, confiesa.

Ella se ha sentido mujer desde pequeña. «Mi transición empezó cuando yo tenía 12 años. No me sentía muy libre porque mi familia era fuerte y machista. Pero yo fui más fuerte que ellos, no me dejé doblegar por ellos. Yo era terrible de niña”, cuenta soltando una delicada risa. En la localidad donde ella vivía, en Monagas, sí había mucha transfobia, porque nunca antes se había visto eso antes. «Pero yo no hice caso a lo que decía la gente. A los 15 años, decidí que no me importaba lo que pensara mi familia ni la sociedad». Y así fue como Sandy salió del clóset.

Sin embargo, la razón por la que dejó su ciudad no fue por los prejuicios sociales, sino por la crítica situación que vive Venezuela. Ella ya había logrado ser aceptada por la sociedad e, incluso, tenía estabilidad económica antes de la crisis: contaba con un negocio propio como estilista y tenía buenos ingresos. Pero, a raíz de la escasez, la comunidad trans fue de las primeras afectadas, pues no había apoyo por parte del Estado venezolano.

Ya en Perú, Sandy consiguió algunos trabajos en ciertas peluquerías limeñas. Sin embargo, no se sentía cómoda trabajando para otros, pues le fastidiaba la idea de tener que cumplir un horario, que solía ser entre diez y once horas de trabajo, y además el hecho de trasladarse todos los días en autobús. Incluso, en alguna ocasión, tuvo un empleo en Ate, distrito ubicado a más de 35 kilómetros de su vivienda. Ese viaje le tomaba poco más de una hora y media, considerando el tráfico y las distancias que hay en Lima. Por eso, decidió renunciar y poner su propio negocio.

Pero esta idea de negocio nació casi de manera forzada, en plena pandemia. Con la llegada de la COVID-19 a Perú y la declaratoria nacional del confinamiento, Sandy tuvo que encerrarse en casa, sin posibilidad de generar ingresos. No sabía qué hacer, hasta pensó en volver a Venezuela.

Afortunadamente, varios de los clientes que tenía y que había conocido en las peluquería donde trabajaba, la empezaron a llamar para pedirle que fuera a sus casas a cortarles el cabello y algunos también le ofrecían desplazarse a donde ella estuviera. «Al principio, me asusté, me mortifiqué, me sentí desprotegida. Gracias a Dios, siempre me ha gustado tener mi dinero guardado. Con eso, empecé a comprar mis cosas para atender a mis clientes aquí», dice contenta y mostrando con orgullo el set que ha logrado implementar en la sala de su departamento, en Comas.

Sandy dice que se siente cómoda en Lima, pues esta ciudad le ha permitido abrir su negocio y así se siente libre, sin depender de nadie. / Créditos: Jair Villacrez.

Sandy asegura que está feliz así, siendo independiente y manejando sus propios tiempos, con sus propios clientes. Además, le permite ayudar a su familia en Venezuela, con el dinero que les envía. A pesar de que Perú es una sociedad muy cerrada con las libertades sexuales, le gusta estar aquí porque siente que hay oportunidad de emprender un negocio propio.

Aunque es consciente del alto conservadurismo de la sociedad peruana respecto de la población LGBTIQ+ y a veces siente miedo, para ella no es un gran problema. Cree que lo puede manejar.

Esperanza por la libertad

De momento, Johana se siente mejor en Perú que en su país de origen. Aquí tiene empleo y estabilidad económica, pero aún siente que una de sus libertades está condicionada: su identidad de género. No se siente del todo libre para poder expresarse como quiere. Incluso, se ha planteado la posibilidad de eventualmente marcharse, sobre todo si la situación política de Perú se complica.

«Con este nuevo gobierno, no me siento protegida», confiesa. Si el tema económico y también la situación de la comunidad LGBTIQ+ se complica —dado que el nuevo presidente de Perú se ha pronunciado en contra de este grupo—, piensa en migrar hacia España. Ella está dispuesta a empezar de nuevo. Se siente vigorosa y llena de energía. Su edad no es una limitación. Es optimista respecto de su futuro. De todos modos, lo más difícil en su vida, cambiarse de sexo y enfrentar a la sociedad latinoamericana, ya pasó.

En cuanto a Marko, él está seguro de que en Perú no se quedará. Le apena reconocerlo, pero siente que este país no le ofrece protección. «Con Lucía ya hemos hablado sobre la posibilidad de irnos a un país más abierto, como Uruguay o España. Pero no es tan fácil por el tema del niño [el hijo de Lucía], hay temas legales ahí», dice.

Mientras resuelven eso, Marko seguirá trabajando arduamente para poder ahorrar el dinero suficiente que les permita viajar. Tiene la esperanza de que pronto podrán ser libres y vivir en paz como una verdadera familia.

Pero la más optimista es Sandy. Ella sí está convencida de quedarse en Lima. Es consciente de que a la sociedad peruana le falta mucho para «abrirse». Sin embargo, aquí siente que es libre, pues ha podido fundar su propio negocio, el cual le permite trabajar sin presión. «Yo soy un poco difícil. No me gusta que me den órdenes. Por eso aquí soy feliz: trabajo para mí, tengo mis clientes, tengo mis ahorros. No hay presión», asegura. Para Sandy, Perú le ha dado esa oportunidad que no habría encontrado en su país natal.

Y aunque en el país aún exista homofobia y transfobia, tiene la esperanza de que algún día —no muy lejano— la sociedad peruana empezará a respetar los derechos de la comunidad LGBTIQ+, sobre todo de las personas trans. Confía en que así será.

(*) Reportaje publicado como resultado del Taller Cobertura de la migración con enfoque de derechos en Perú de la Fundación Gabo y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).